martes, 15 de enero de 2019

Incongruencia

Cuento ganador del Tercer Lugar 
del Primer Concurso de Cuentos 
"Rutas del Amor y el Desamor" 
del Instituto Chileno de Terapia Familiar 

La tecnología hace más fácil hacerse la loca. El mensajito aparece ahí, en la pantalla del otro, listo para leerse, con varios corazones y un guiño. Pero una puede ignorarlo. No es como la mancha de labial en la camisa, no es como la llegada a las tres de la mañana con el perfume de otra. No, con los mensajes una puede hacerse la loca, darse vuelta en la cama, mirar al techo. Y con la luz apagada, a ratos, ahogarse al decidir entre el amor propio y el miedo tan, tan profundo de perderlo.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Hacerse bien


                Sabes que no tengo mucho tiempo, y menos tienes tú. Pero a ratos debes darte un minuto, un momento para acordarte de invitarme a salir. No digo que me lleves a cenar, ni que me lleves al teatro o a un concierto, no. Si tenemos poco tiempo, plata tenemos menos.
                Pero date ese ratito, invítame a salir. Que se te ocurra mi nombre cuando vas saliendo del trabajo, en ese intervalo entre semáforos. Mándame un mensaje, que no te cuesta nada, y dime que baje, o que vas a subir a verme. O que me suba al auto y nos vayamos a cualquier lado. Dime lo aburrido que salió el día y que te tomarías una cerveza, porque hoy en particular dejaste el auto en la casa y no hay atados con pedirse un taxi.  
                Invítame a desayunar. Si no te gusta tu casa, invítate a la mía. Tú llegas con alguna tontera dulce, y yo me pongo con fruta, pan y café, bien a lo Drexler. Ya sé que ninguno debería comer azúcar, pero que importa una vez al mes.
                Sácame a pasear una tarde floja, cuando se te acabaron las cosas que hacer o las ganas de hacer todo lo que tienes pendiente. Demos una vuelta por el parque, o por la calle, o agarremos la bici y vamos al cerro. Invítame con una botella de vino y pan de queso, veamos cómo se acaba la luz y la gente en nuestro silencio personal.
                Por último, juntémonos a leer, estudiando cada uno por su lado lo que le de la gana. Quédate cerquita, ahí en el sofá o en la otra esquina de la cama, donde pueda verte y lanzarte cojines. Cuéntame qué te parece, qué te molesta, qué te gusta, qué te asusta.
                Invita a los tuyos y yo a los míos y organicemos un asado en el quincho para ese día libre que tienes, que yo sé que tienes, pero para qué joder. Voy a dejarte a ti decidir por un par de veces. Preséntame a quien tengas al lado y cuéntame su historia.
                Y bueno, eso. Hagámonos bien.
                Querámonos bien.

miércoles, 18 de marzo de 2015

¿Y si me dedico a hacerte el amor?


           ¿Y si me dedico a hacerte el amor?

           ¿Qué resultado obtendremos de ello?

           Podría ocurrir de múltiples maneras, en múltiples escenarios. Podríamos desgarrar. Podríamos jugar. Podríamos, inclusive, ocultarnos. Podríamos hacer todo eso e incluso más.

           Quisiera encontrarte distraído, ahí, inmune a la mirada que te vengo echando hace ya un tiempo, ignorante de lo que ocurrirá en los próximos minutos. Optar a la comodidad de un lecho oscurecido a la Hora de las Brujas, bañado de luz moribunda de atardecer. Quisiera observarte un segundo, permitiendo que en mi crezca el deseo, imaginando ese cuerpo que ya conozco. La sombra áspera que cubre el ángulo de tu mandíbula, la gota de sudor que se pierda en tu camisa, deliberadamente cayendo en la línea de tu clavícula. Imaginar tu pecho descubierto, abatido, acelerado. Imaginar tu cadera y la piel suave, desviándose del camino que parte en tu vientre.

           Te desnudaría con deliberada lentitud, dejándote a ti la tarea de detenerme. Te haría cargo de lo inevitable de todo mi movimiento, de la ansiedad de mi avance sobre tu piel que ya se descubre. ¿Y si me detienes? Claro que podrías, ¿pero qué te hace pensar que lo permitiría? ¿Me dejarías la responsabilidad de convencerte?

           Imaginación de lado, me hallaría frente a tu cuerpo. Tal como es, tal como me lo muestras. Saborearía tu piel sin prisas, redescubriendo todas las puertas que me has abierto. Las de tus detalles. Las de tus defectos. 

           ¿Y si me dedico a redescubrirme también entre tus manos? ¿Me regalarías, a cambio, tu susceptibilidad? Tendrías mis detalles, mis defectos. Nos tendríamos ahí, tibios pero ardiendo, disfrutando el segundo previo, el segundo expectante. ¿Me permitirías usar los labios para alcanzar la línea de tu ombligo al perderse en tu cintura? ¿Me permitirías demorar mi boca al deslizarse sobre ti? Lo haría en silencio. Sin preguntar.

           Si quisieras, te dejo desnudarme. Desnudarme por completo y disfrutarme, disfrutarte, disfrutarnos. Atravesar todos los tiempos verbales del placer. Cambiar a la horizontalidad y poder mirarte a los ojos sin pudor, sonriendo a medias en complicidad. Con la punta de los dedos, recordarte. Cada recoveco, cada centímetro imposible de ti, cada idea, cada recuerdo.

           ¿Podría besarte? Suave, dulcemente. Rápido, ardientemente. Salvaje, desesperadamente. Sentir tus manos demasiado reales en mi cuello, luego en mis hombros, sobre la curva de mis pechos. ¿Podrías besarme? Cuello, hombros, pechos, vientre. Decidirnos por un momento a recorrer y redescubrir nuestra vulnerabilidad. Compenetrarse en el más puro sentido que puede tener un concepto.

           Me envolvería en ti. Rozaría tu espalda con mis manos y me aferraría a la cadencia de tu respiración agitada, enterraría mi rostro en tu cuello y te dejaría llevarme. Te cubriría con mi cuerpo, viéndote a los ojos, bailando en compases irregulares y perfectos, perfectos el uno sobre el otro. Cerraría los ojos para sentirte. Para conocerte.

           Quiero que me cuentes tu historia a través de tu cuerpo. Quiero entregarme. Tenerte. Tenernos. 

           
           Quiero aguardar contigo la oscuridad, para que cuando llegue, ya no necesitemos los ojos.
           Para que cuando nos alcance la luz, ya no necesitemos preguntas. 

sábado, 13 de septiembre de 2014

Oportunidad para el miedo

                Porque las mil oportunidades para inadvertirte se desvanecieron anoche.           
                Porque se cerró la última puerta y con su impulso abrió aquella que habíamos cerrado antes, y lloré de miedo.
Pero la niña que hubo en mí no lloraba, así que la niña que lloraba ahora no podía ser la misma. O era la misma y lloraba por la mujer que es ahora, y tiene miedo.
Esta es una historia sobre mí donde tú participaste, y reíste, y me enseñaste. Fuiste el Ermitaño de las cartas que leíamos esa tarde ventosa con un poco de desconfianza. Y miedo, no olvidemos el miedo. Eras el hombre del cayado y la pequeña lucecita que ilumina el camino.
La niña que fui se había caído a un pozo plateado de espejos. Como una Alicia inconciente, recorrí el camino del Loco entre la plata informe que no me dejaba reflejarme, huyendo de esa bola negra de dolor que había construido solo para mi pecho.
No volveré a inadvertirte, porque te metiste a mi cabeza, a mi pecho, a mi cama. No, no te metiste, yo te invité. Y aceptaste, y por eso estaré eternamente agradecida –pero jamás lo sabrás. No lo sabrás porque no puedes confiar en mí, y la misma hipocresía de la que tanto nos burlamos emerge ahora y me descubre.
¿Jamás te lo diré? Lo estoy diciendo ahora. Gracias.
La noche se esfumó cuando te fuiste y pasaste a convertirte en recuerdo. Y cambió, quebró, los espejos se solidificaron, se contó una historia. La misma que cuento ahora y seguiré contando, ojalá y por favor. Sigamos contando la historia más allá de estas palabras.
Hubo una niña en mi que lloraba y aún llora. Un saltimbanqui, llamando la atención con toda esa luz y color, incapaz de entregar algo más porque ya habían hecho trizas, ya se había hecho trizas con otras palabras tan, tan malas. La mujer todavía llora por la niña que no lloraba y que no sabía qué hacer con el espejo, pero la mujer observa el espejo y sonríe, sonríe por ti.
Fuiste un sueño de gris y suavidad. Perteneces al ámbito de los sueños conclusos, con tu mirada que rehuye, con tus manos tibias. Fuiste un sueño hermoso,  una de esas fantasías que se concretan el momento que no te das cuenta hasta que estás en ella, porque las fantasías no ocurren y esto… esto estaba ocurriendo.
Fuiste un vívido sueño de tarde lluviosa. Fuiste un sueño de tarde y noche cansada.
¿Fuiste?
Eres.
Y la mujer se miró al espejo y supo que ya se había enmendado. Que la bola negra de dolor que había fabricado en su pecho se había deshecho y solo dejaría cicatrices hermosas de línea dorada. No se dio cuenta, y temblaba.
Aquí alguien tiembla, y esa mujer soy yo.
Porque fuiste quien cerró la puerta, y el golpe resonó en cada fibra descubierta, alterando mi superficie desde el centro de un pozo plateado lleno de espejos.
Sabía que serías mi guía, sabía que serías mi sueño.
Lo que no sabía era la realidad. Y la realidad sabe a limonada demasiado amarga, perfecta para la resaca que dejaste en mí, que deje en mí misma. Porque tengo miedo, y es un miedo bueno, es un miedo hermoso.
La realidad es que soñé contigo, y fuiste un sueño suave y apasionado. Y sentí otra vez tu boca sobre mis labios, seguí la línea de tu espalda por sobre el algodón gris de tu ropa, aspiré tu perfume y desperté con una sonrisa. Y la realidad es que Lorca tiene razón y no importa, hay sueños que no están hechos para cumplirse.
Amanece. El Sol que vive en mí todavía añora la Luna y se aferra a ese momento púrpura en que comienza el ruido. Dame tres segundos para despedirme, y sentir miedo. Miedo del espejo que refleja la mujer que soy y que amo, esa mujer que abrace sin darme cuenta la noche que cerraste la puerta y me dejaste riendo de gozo y libertad y libertinaje.   
Esa mujer tiembla, la que tiembla soy yo.
Gracias por la fantasía, peregrino. Y por el miedo.

No olvidemos el miedo.  

sábado, 7 de junio de 2014

Adiós a tu cuerpo

Adiós a tu cuerpo

                He de despedirme de tu cuerpo.
                No de ti, no. De ti me he despedido varias veces. Frente a ti, ante ti, sobre ti, tras de ti, me he despedido. Es la idea de tu cuerpo la que todavía me ronda, y llena de frío ese hueco cálido que antes ocupabas. Que se ponga de pie el hipócrita que declare no creer en el valor de un cuerpo tibio.
                No, no es de ti. Es de tu piel. Esa piel que te rodeaba los labios y recorría mis mejillas antes de besarme apenas, para besarme, ansiosa, otra vez. Esa piel que se arrugaba cuando sonreías y cantabas, y tu voz salía de tu pecho para acunarme, bajito. Que tu piel se continuara con tu boca solo podía significar la perfección de un beso bien dado, de tu aliento ahogándome en silencio. El tierno recorrido de tu cadera y lo que ella escondía.
                De tu piel suave bajo mis labios, he de despedirme.
                No, no he de despedirme de ti. Sí de tu caricia. De tus manos bajo mi ropa, nunca tímidas, insultando mi honor sin pretextos ni ficciones, en los lugares más extraños, de las maneras más insólitas. Extrañaré esos dedos que se detenían en mi cuello antes de aferrar mi cabello, que dibujaban patrones ininteligibles sobre mi vientre expectante. Esas manos que gozaban del tacto de mi cuerpo, me hacían revolotear, crujir, curvarme. Esas manos que nunca se alejaban demasiado cuando estábamos solos, esas manos esquivas cuando alguien más que yo las observaba.
                De tus caricias esquivas, he de despedirme.
También del calor que despedían tus abrazos, he de despedirme. Del complemento perfecto de hacer el amor una noche confusa que se continuaba en mañana, ininterrumpida. Y, más allá de hacer el amor, era tu abrazo el que calmaba mi vacío. Todo cuanto eras volcado en un gesto puro y simple, desinteresado y profundo. La tibieza de tus latidos en mis oídos por segundos que se convertían en minutos y horas demasiado cortas para mi eterna ambición de ti. El calor de tu abrazo cuando ya nos habíamos despedido unas trescientas veinte veces y acudías a mi sin ninguna palabra, solo con tu gesto, solo con la tibieza de tu cuerpo en el mío y viceversa.
Del calor de tu cuerpo, con dolor, he de despedirme.
Del recorrido de tu espalda en la punta de mis dedos, ese recorrido tantas veces prolongado que aún puedo recordarlo al cerrar los ojos. Cuántas veces nos dedicamos simplemente a recorrernos con la punta de los dedos, tratando el uno de arrancarle al otro el hastío de vivir, tratando de disfrutar ese momento que muchas veces tenía el sabor metálico de lo incorrecto.
Tus pies fríos enredándose en los míos, buscando un cobijo, tu frente hundida entre mi hombro y mi cuello, tu aliento sonriente sobre mi pecho. Tu desnudo buscando la curva de mi cintura, tu ropa enredada con las sábanas.
En síntesis, solo tu cuerpo.

Perdón por soñarte, y adiós a tu cuerpo. 

sábado, 7 de diciembre de 2013

Hemos dicho

Nos hemos dicho más de un millón de palabras. Y serían más si consideráramos también las que nos hemos dicho en silencio, las que hemos pensado del otro una noche demasiado llena o vacía, las que hemos pensado gritando esperando que el otro, por telepatía, oyera.
Nos hemos dicho tantas cosas. Nos hemos contado historias, miles de historias. Verídicas, ideales, mentiras, recuerdos varios a media voz. Nos hemos retratado a nosotros mismos y al otro en una infinidad de tonos y matices; tú eres así, yo soy asá. Nos hemos tildado de varias y cualquier cosa, de canallas, imbéciles, ridículos, guapos, hermosos, hombre y mujer, de maravilla, de maldición. Me has tildado de extraña y yo de raro, te he tildado de exagerado y tú de histérica.
Nos hemos dicho palabras aburridas, esas palabras que hay que decir para proseguir con la vida; lava tú ese plato que yo pongo la mesa, a las 7 voy a ir al banco, te encuentro en la plaza. Palabras técnicas de relleno que forman un colchón común de experiencias aburridas. Pero no por eso, han sido menos importantes.
Nos hemos dicho perdón y gracias. Muchas veces ambas. Muchas veces ambas separadas por una coma y un silencio incómodo.
Nos hemos confesado palabras entre lágrimas, embriagados, felices y poco conscientes. Nos hemos arruinado noches enteras con palabras poco atinadas que quizás habría sido mejor no decir. Hemos dicho tamañas estupideces en las que la única respuesta posible era una carcajada o un golpe bien puesto.
Nos hemos dicho tantas, tantas cosas.
Y me alegro que del millón de palabras que nos hemos dicho, hayan sido siempre más las palabras hermosas. Que hayamos sido capaces de decir palabras dulces, porque así duele menos la garganta si alguna vez queremos tragarlas. Porque hemos dicho más veces 'gracias', 'perdón', 'te quiero', y nunca hemos dicho 'te odio'. Por que las veces que nos tildamos de idiota, imbécil, ridículo, cruel, extraño y canalla no superan las veces que nos tildamos de lindos, guapos, tiernos, hermosos, buen amigo, compañero, amable, considerado, valiente, admirable. Y cursis.
Y nos hemos dicho nada. Hemos compartido el silencio. Nos hemos mirado a los ojos. Hemos dicho nada, diciendo todo.

Nos hemos dicho 'adiós'. Esperemos con entusiasmo lo que diremos luego de decir 'te extraño. ¿Hablemos?’. 

sábado, 19 de octubre de 2013

Carta N°6

*N. del A.: Cualquier relación con la realidad es mera coincidencia. Me encantaría, de cualquier manera, escribir una carta así algún día. Con esta actitud.*

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No sé cuántas cartas ya te he escrito –mentira, las tengo contadas y bien guardados los originales garabateados. Pero digamos que no lo sé–, para decir cuántas veces lo mismo. Pero he de reiterar. No hace falta recordar ahora todo lo que sucedió, lanzarnos culpa y daño por la cabeza, olvidarnos del otro, guardarnos rencor.
Pero sí he de reiterar.
No sabremos jamás el alcance final de nuestras acciones, solo podemos imaginar, y tener esperanza. Creer que en el fondo, bien oculto por un velo de confusión, nos hemos hecho bien –y lo hemos hecho–, nos hemos hecho mejores. Nunca sabremos si tal o cual palabra que dije yo o tú o nos gritamos ambos en silencio tendrá eco en el futuro. Esperemos –sabemos– que sí.
Dejar ir siempre es de lo más difícil. Y dejarte ir lo ha comprobado, te extraño. Y es probable que te extrañe siempre. Pero nos hemos causado dolor, tenemos las heridas frescas todavía. Antes de enfrentarnos de nuevo, debemos sanar. O al menos, he de hacerlo yo. Ya entendí que no puedo hablar por ti, ni asumir, ni jurar. Tú quizás dejaras ir, yo quizás baile en círculos hasta marearme de ti. Dejarte ir es dolorosamente necesario.
Lo que no implica que deje de extrañarte. Para nada. Eres y siempre serás importante. Te amé y siempre lo haré, quizás en otro sentido, quizás con otra intensidad. Te amaré ahora de manera diferente, al hombre le diré adiós. Te amaré como amigo si me lo permites –y me lo permito– levemente a la distancia.
Perdóname, como siempre, por escribir esto. Y, como siempre, también desearé que no lo leas. Que se queme el papel, que se borre el archivo, que se caiga internet en el momento menos esperado. Que el destino me perdone el desatino, la cobardía y el seguir en esto. Sabes también que no requiero respuesta. Las palabras son para mí, para revelar en el papel las cosas que se arremolinan en la cabeza.
Nunca he sabido si me creías cuando decía que era mi manera de avanzar. Puentes de palabras.
Eres maravillosamente complejo. Todavía me perturbas, pero cada vez menos. Todavía me harás daño, pero cada vez menos. Todavía lloraré por ti, pero cada vez menos. Sé que dije una vez que no quería que supieras esto para que al menos tú pudieses avanzar, que baste con uno de nosotros. He tenido que tragarme muchas, muchísimas de las palabras que te he dicho, por eso trato de hacerlas hermosas. Así, al momento de equivocarme, no me rasparan tanto la garganta.
Espero algún día volver. No sé cuándo, no sé cómo, no sé porqué. Tengo fe. No sé de qué. Hay que dejar pasar, que el daño, que el dolor, que el error, que lo lindo, que todo y lo demás. Insisto, reiteración. Tomará tiempo. Tomará esfuerzo. Y tomará distancia.
Quiero que recuerdes todo esto. Te pido que no te olvides. Te pido que uses mi fuerza para seguir avanzando en lo tuyo, recuerda que sin importar lo que ocurra, seguiré intentando ser feliz. Que no importa cuán enfadada pueda estar, nunca significará que dejes de importarme. Te pido que recurras a mí si lo necesitas.
Nunca olvides que me regalaste muchas sonrisas, y otra historia para contar.



PS: Puedo quererte mucho, pero francamente me importa un carajo si te molestan o complican estas palabras. Se encuentra en pleno derecho de agarrar esta carta y lanzarmela por la cabeza. Usted asuma que algunos somos harto dramáticos.